Distinta es la comidilla ciudadana de hablar mal del gobierno, un ejercicio de talla mundial, que se practica en todo el orbe. Acción absolutamente distinta a la crítica política, destinada a señalar yerros de la administración del Estado y a proponer fórmulas de solución a los problemas nacionales. Es un mecanismo intrínseco a la democracia. Generalmente está fundamentada en investigación o a partir de hechos concretos e información conocida. En Guatemala, se reconoce constitucionalmente como un derecho: artículo 35: No constituyen delito o falta las publicaciones que contengan denuncias, críticas o imputaciones contra funcionarios o empleados públicos por actos efectuados en el ejercicio de sus cargos. Más claro, imposible.
Es debido a esta libertad ciudadana que la sociedad conoce los desmanes, corruptela, tráfico de influencias, nepotismo, incapacidad de gestión pública o abierto incumplimiento de las leyes cometidos por los administradores del Estado. El presidente actual, atrabiliario como es, no tolera la crítica, no tiene madera de estadista. Es un político tropical, sin mayor academia, surgido de la actividad partidaria vernácula. Nada más. De esa cuenta, ante el fracaso de su gestión, rechaza con acritud que se le señalen sus evidentes falencias. Esta actitud personal, debido al cargo ostentado, se transforma en hecho político. Así, fuimos testigos de cuando llamó esperpento a un diputado crítico de su gestión. O cuando agredió verbalmente a la autoridad indígena de San Juan Comalapa. La nefasta actitud presidencial sintetiza la gravosa decadencia política en el país. Vivimos un periodo crítico para la crítica. Se persigue al portavoz. El régimen, además, utiliza la mentira como argumento político. El liderazgo presidencial y su entorno propalan falsedades como forma de propaganda. El “último atentado a la comitiva presidencial” es una oscura evidencia del cinismo de la cúpula burocrática. La empresa privada emula al presidente, criminalizando a comunicadores sociales que consideran incómodos, porque señalan lo nocivo a personas y ambiente de algunas acciones empresariales. Son tiempos oscuros que creímos superados al salir de la dictadura. Pero vuelven contra nosotros. Eso sí, superaremos la pesadumbre. Volveremos al azul de nuestro cielo. Necesitamos paciencia, estoicismo y movilización social.
La inteligencia siempre ha sido odiada por las dictaduras, les molesta el digno vuelo del pensamiento, el argumento democrático les taladra la entraña, las libertades ciudadanas no les dejan dormir, prefieren la sombra en donde los sapos les adulan. Por eso queman libros, encierran intelectuales. La luz les empequeñece. Aherrojan la justicia. Comercian con la fe. Gobiernan con lacayos. Les atormenta la palabra. Por eso: por la verdad, encerraron a Jose Rubén Zamora.