Aquel que se asume pastor y guía de ovejas no puede —en conciencia— vivir confabulado con poderes terrenos, rodeado de riquezas, bendiciendo el látigo que azota al campesino o la bala que atraviesa el corazón del estudiante. Aquel que solapa el amancebamiento, que predica desde púlpitos erigidos con dineros de corrupción y crimen. Que no se inmuta ante el llanto de la viuda por la tierra arrebatada, que santifica las armas del opresor, organiza Te Deum al poderoso, convive con los mercaderes en el templo. Aquel es un falso profeta, apóstol sin apostolado. Un verdadero apóstata. Arrogante verdugo que, erigido en supremo: dicta su fatua, condenando al justo.
En esta columna la fe popular es asumida con enorme respeto. Son expresiones de la religiosidad del pueblo, cuyos valores compartimos. Escrito lo anterior, retomo. Conocido es que miles de personas de diversas expresiones religiosas se dedican —en este país— a predicar los evangelios y la espiritualidad maya. En la generalidad de los casos, desde piadosos y genuinos apostolados, llenos de valores y espiritualidad. Conminando a la ciudadanía a una vida de rectitud, oración y ayuno. La mayoría de guías espirituales, delegados de la palabra y predicadores, son pobres de solemnidad. Afincan su riqueza en el buen vivir y la vida que vendrá. En contraposición, existe una élite privilegiada que, bajo el manto de la predicación, goza de riqueza terrena y poderes mundanos. Nadie conoce el origen de sus riquezas. Secretamente guardadas. No se les conoce empresa alguna, más que la “obra de Dios”, sostenida con ofrenda de fieles. Hasta allí, cada quien con su fe y el predicador que decide financiar. La cuestión se torna grotesca cuando el “guía” se somete al poderoso. Recibe sus donaciones, en cash o en especie y se solaza con la persecución del justo. En ese momento estamos frente a un actor político. Un cuadro del régimen. Un codicioso ser sin recato y mansión custodiada. Rodeado de amistades condenadas por crímenes comunes. Así, desde un escenario impío como aquel, surgió la diatriba del millonario, de aquel que, operando desde el lado oscuro de la luna y en pecado continuado, con arenga de baja estofa se mofó de la persecución del justo. Un cuadro avanzado del poder corrupto.
Este “pastor” de asta y bandera hace causa común con la nomenclatura de politicastros y delincuentes de cuello blanco, que administran la cosa pública y negocios vinculados, viajan en avión privado, compran suntuosidades en Miami y dilapidan dineros. Son los caminos torcidos de Dios.