Es de preguntarse ¿por qué no existe un Día Internacional del Hombre?… Respuesta simple: porque el Hombres en su inmensa arrogancia considera que todos los días le pertenecen y que no requiere jornada especial para demostrar e imponer su hombría. Que por el contrario la Mujer, que, según la tradición histórica, pertenece a una minoría homologada a los indígenas de Australia o de Canadá o a los negros de la costa atlántica centroamericana sí requiere algún reconocimiento social y de ahí el Dia Internacional de la Mujer decidido por las Naciones Unidas.
Y sin embargo incongruencias hay en el debate, ya que en paralelo a los actos públicos en favor de la Mujer, las agresiones personales y culturales que sufre “el sexo débil” a manos masculinas persisten alrededor del planeta y parecerían incrementarse día con día aun en sociedades autodenominadas civilizadas. En realidad es difícil confirmar esto último por no haber estadísticas fiables previas a la Segunda Guerra Mundial. Quizás sea cierto, como pretenden algunos, pero debemos observar también que las broncas modernas son mediatizadas, lo que hubiese sido impensable en el pasado, en que los actos de violencia se quedaban en la privacidad de las familias y pocos de ellos salían a la luz del día.
En realidad el problema de la agresividad masculina no se puede medir con la misma vara en la cultura occidental que en el resto del mundo, en que esta situación es no solo cultural, pero más aún institucional y favorecida con frecuencia por códigos y prácticas religiosas. Los talibanes de Afganistán por ejemplo.
En el mundo occidental por el contrario las agresiones son incidentes graves, sin duda, aun trágicos, pero por lo general puntuales, y castigados por la ley.
La competencia y éxito “feminista” ocurre en una sociedad en vías de cambio acelerado en lo cultural-técnico-científico-económico. Lo curioso es que la mujer culturalmente occidentalizada se ha visto beneficiada en su autonomía por descubrimientos efectuados por científicos “hombres” que habrían —consciente o inconscientemente— serruchado la rama en que están sentados sus congéneres masculinos. La decisión del embarazo está hoy en manos de ELLA gracias a los métodos anticonceptivos surgidos de conocimientos e inventos eminentemente masculinos. Ante la evolución científica podría especularse que en algún tiempo mediato la maternidad tradicional habrá desaparecido, que la presencia física del hombre en la procreación será útil pero no indispensable, y que los nacimientos se harán sobre pedido, a la medida y con base en técnicas especiales, algunas de ellas ya practicadas. En ese momento la “falocracia” habrá fallecido y la relación igualitaria hombre/mujer tendrá el fin único del placer sexual. La superioridad masculina habrá pasado a ser Historia y las prácticas amorosas homosexuales de toda índole se extenderán y aceptarán por toda la sociedad. Será otro tipo de vida —ni mejor ni peor que cualquier otra—, ello para los y las que para entonces la vivan.
En espera del combate final y su resultado definitivo, el pulso entre ambos sexos prosigue con golpes bajos de ambas partes y con ventajas alternativas para ambos bandos.
Aunque sería de preguntarse si los actos frecuentes de violencia masculina no responden hoy a un sentimiento de frustración al intuir el Hombre que la batalla de los sexos en desarrollo no está desde ya irremediablemente perdida para él…