Los favoritos de Dios

Parece película o miniserie. Es ya demasiado evidente cómo desde los tres poderes del Estado, ciertos funcionarios sombríos utilizan la religión cual escudo y propaganda. Lanzan grandes discursos de fes y credos pretendiendo proyectarse como los favoritos de Dios. Resguardando su política rancia en la simbología del mito y del perdón. De nuevo el flamante Desayuno Nacional de Oración donde cúpulas de poder político, empresarial e individuos “notables” lucen públicamente sus credos (“por mi gran culpa”). ¿Por qué público?, es la pregunta. Seguramente, tan insólita actitud performática es parte de una estrategia que tiene entre sus fines desviar la atención de asuntos más relevantes y hacer una campaña fundamentalista y falsamente puritana. 

Es por medio de la educación, o sea, del Estado mismo, que debe fomentarse la unión en un plano de democracia y de igualdad. La escuela está obligada, como mínimo, a garantizar el compromiso con un lugar común. A ser promotora de espacios de emancipación de pensamiento y combate a todo aquello producto de estereotipos. 

Parece acertado cuando Ferrer i Guardia afirma que la manera de atender la laicidad no solo está vinculada a la separación de la Iglesia y el Estado, sino a la ambición y capacidad de liberar, de emanciparse de las personas de cualquier dogma, tutela o autoridad irracionalmente impuesta. Se refiriere a la virtud de la tolerancia activa, la que ve en el otro, más que a un individuo, más que a un ciudadano, a una persona con autonomía de conciencia inalienable. Eso solamente puede expresarse en un Estado laico. Acá laicidad y libertad de expresión deambulan de la mano. ¿Invisibles?

Porque nuestra riqueza está en ciudadanos con diferentes opciones de conciencia. Y la escuela debe promover la norma reguladora del pluralismo; de opciones, de visiones, de culturas, de creencias que puedan convivir en una misma zona pública. Y jamás romper con el clima de la tolerancia activa. 

Porque la laicidad es la arquitectura de la República. Representa profundización democrática y alianza de causas justas por encima de todas las diferencias de hombres y mujeres libres. Las iglesias no deben apropiarse de la ética, no les corresponde, porque esta se encuentra en una ciudadanía libre para decidir con genuino respeto a la colectividad.

Aun fueran muchos los que encuentran en el dogma su ley, la democracia no se mide por el poder de las mayorías, sino también por el respeto a las minorías. Y la escuela enseña a pensar y no a favorecer creencias. Jamás aboguemos por la discriminación, y siempre por el respeto a la libertad de conciencia. Por la autonomía política. Por una ciudadanía eficaz, capaz y feliz.

Efectivamente urge una reforma educativa, pero no como discurso de propaganda política. Hablo de una laica. Una que humanice. Una que no tenga que somatarse el pecho para lograr votos.

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Author: Maria Suarez