Cuando hay indicios de que algo amenazador puede ocurrir, se pone en marcha procesos para reducción de riesgos y se identifica posibles salidas para disminuir los daños. Los análisis, las tecnologías y hasta las intuiciones dan señales de alarma que es preciso atender en su momento, no cuando ya el fenómeno está actuando.
Antes de que sea tarde, es preciso dotarnos de condiciones e instrumentos para enfrentar la catástrofe política atizada por el mal gobierno. A simple vista parece que no hay cómo evadir los nefastos efectos de la impunidad, con el Estado cooptado por el crimen organizado. Pero los hay, los heredamos de quienes han luchado en sus momentos contra las dictaduras a la tortrix que han gobernado Guatemala.
Primero que todo, es necesario acercarnos con quienes luchan en favor de los derechos humanos de todas las personas, lo que implica trabajar colectiva y personalmente contra el racismo, las discriminaciones, las desigualdades y, por supuesto, las violencias. Aunque sean pocas personas con quienes coincidamos en todo, es deseable aprender a establecer vínculos políticos a través de diálogos e intercambios, buscar las vías para resolver los problemas y alcanzar metas comunes. Eso es la política, así se practica en la vida cotidiana: Se trata de buscar acuerdos, no de ver quién gana. El objetivo es gestionar una buena convivencia en armonía con el entorno.
Reconocernos como políticas no solo es un derecho inherente a todas las personas, sino una gran responsabilidad que pone en juego nuestro posicionamiento social, nuestra ética personal y nuestra calidad humana. Implica cuestionar el lugar que ocupamos en las redes de poder y privilegios, salirnos de la complacencia. Además, definirnos como personas democráticas —en su sentido amplio—, significa escuchar y discutir diversas opiniones, considerar a distintos sectores, decidir siempre en función del bien común.
Ser parte de la corriente política que pugna por construir una Guatemala con justicia, es estar dispuestas a formar parte con otras y otros, de una distribución equitativa de bienes, tareas, obligaciones. Para que haya justicia, es necesario que todos los derechos estén garantizados para todas las personas, sin exclusiones.
Construir formas armoniosas de relacionarnos entre nosotras y con el entorno es uno de los horizontes que compartimos varias feministas en el continente: juntas hemos imaginado la vida en seguridad, con posibilidades de crecimiento y desarrollo de nuestras potencias, desde la niñez hasta la vejez. De allí han surgido propuestas políticas que no solo cuestionan al sistema patriarcal capitalista, sino que presentan alternativas, caminos otros para sostener las redes de la vida.
Desde hace años, se viene hablando sobre la necesidad de establecer un nuevo acuerdo político entre quienes habitamos el territorio de Iximulew que nos permita vivir aquí, gozando de todos los derechos, con bienestar para toda la población. Esa sí podría ser una auténtica solución, aunque el giro tendría que ser radical.
Antes que nos caiga encima el previsible derrumbe, construyamos diques que detengan el flujo de corrupción que está anegando al país. Fortalezcamos alianzas para acompañarnos y acuerparnos, proveámonos de la fuerza colectiva necesaria para enfrentar la adversidad, busquemos la madriguera para pasar el invierno. Y sigamos impulsando el proceso que nos lleve a establecer los términos de un Pacto de Dignidad que nos permita convivir en paz.