La discusión debe ser de Economía Política, no de Políticas Económicas (IV parte)

Apuntaba en mi columna anterior en esta serie, que la explicación de algunos técnicos forjados bajo la visión neoclásica en un marco individualista es que la tasa de crecimiento económico es aún muy baja con respecto a la tasa de crecimiento de la población, por lo que la respuesta de los mercados será la atracción de más empresas que absorberán a más mano de obra no calificada que se incorpora cada año a la PEA. Para hacerlo, la política económica radica en que el Estado otorgue exoneraciones fiscales y reduzca regulaciones para que las empresas extranjeras, en lugar de irse a China o India inviertan en el país. El Estado debiera invertir, si mucho, en carreteras, mejorar puertos y reducirse aún más para atraer más empresas intensivas en mano de obra no calificada. Hay quienes abogan por privatizar carreteras y puertos y que el Estado solo sea un árbitro pasivo. Se habla incluso de reducir o abolir el salario mínimo, pues las personas estarían dispuestas a trabajar con tal de no morir de hambre, lo cual atraería a empresas intensivas en dicho recurso, barato para ellas, hasta que se absorba a toda la población desempleada y así elevar el salario de equilibrio. En Guatemala ocurre algo distinto. 

Hay inversión extranjera y el crecimiento económico ha sido positivo. En promedio, cada año, el país ha generado más riqueza por persona sostenidamente en el tiempo. El PIB per cápita en Guatemala se mantuvo en un 1.8 por ciento desde el 2010 al 2019; sin embargo, la pobreza y la desnutrición no han disminuido, de hecho, ha aumentado. El derrame no se da como la teoría presume. Los índices de desarrollo humano en ciertos grupos poblacionales se han estancado y en otros se han reducido. Aunque entre 2004 a 2010, el crecimiento promedio del PIB real fue de 4.15 por ciento, el empleo creció en solo 0.9 por ciento (Galán, 2017).

Una visión estructuralista provee otra visión del diagnóstico del problema y por consiguiente otro tipo de soluciones para erradicar la pobreza. Por ejemplo, que la desigualdad en el acceso a esa riqueza y a factores productivos no permite que esa riqueza se derrame, sino por el contrario, se concentre en pocos. La visión estructuralista repara en que los mercados no suceden en el vacío, y el contexto importa, por lo que hay que considerarlo.

La doctrina individualista del liberalismo económico, sin embargo, señala que la mejor forma de alcanzar el desarrollo económico y la eficiencia en la asignación de los recursos es a través de un mercado libre sin la intervención del Estado, ignorando el contexto.

Dicha visión utiliza una serie de axiomas para explicar normativamente decisiones políticas necesarias para reducir la pobreza en la población. La pobreza se reduciría al alcanzar más altas tasas de crecimiento económico y en consecuencia el efecto derrame proveería de recursos necesarios para que las personas salgan de su condición de pobreza y alcancen mejores niveles de vida. “La mejor política social es un empleo”, decía Ronald Reagan. Esto fue ya explicado en mis entregas anteriores.

Así las cosas, quien tenga acceso a una finca se dedicará a hacer producir la finca de la mejor forma y quien no tenga acceso a tierra o no consiga préstamos en el banco para empezar su negocio, se dedicará a vender su único factor productivo: su fuerza de trabajo en el mercado laboral.

La lógica sería que quien no puede hacer producir su finca saldrá del mercado y buscará otra actividad económica en donde sea más eficiente. Y quien quiera ganar más dinero se educa e incrementa su productividad, mejorando en el tiempo y en sus generaciones subsiguientes su calidad de vida. De allí la retórica de que es pobre quien haraganea y es rica la persona más inteligente, creativa y trabajadora. La pobreza es voluntaria. Aunque hay mucha lógica y en algunos casos verdad en esas premisas, esa visión tiene sus falencias al ignorar el contexto. El contexto importa. Tanto las circunstancias presentes como el contexto histórico. 

En el ejemplo anterior: Un banco le dará un préstamo a sujetos de crédito que minimicen el riesgo del capital a prestar. Un préstamo hipotecario será otorgado más fácilmente a quien cuenta con activos (en muchos casos, quien heredó la finca aun sin tener estudios o experiencia en la rama de actividad agrícola), pero no le dará un préstamo a quien nació sin propiedades y cuyos activos son limitados, en un barrio marginal, por ejemplo, quien además no cuenta con amistades o familiares que pueden firmar de codeudores o, peor aún, cuando la educación es básica que hay quienes les es difícil comprender la jerga de documentos legales. Por otro lado, las relaciones de poder basadas en el racismo, la discriminación de género y otras formas de exclusión aún prevalecen en las dinámicas de mercado. Existen asimetrías en la generación de ingresos, en la tenencia de activos, en el acceso a educación y capital humano o a puestos de toma de decisión que son influidas y explicadas por la discriminación de ciertos grupos y por los privilegios históricos de otros. Cuando el idioma materno es diferente al idioma oficial, cuando la infraestructura para hacer negocios y expandir mercados está centralizada en áreas urbanas o la ciudad capital, cuando la educación responde a lógicas occidentales frente a visiones indígenas, las oportunidades son desiguales, convirtiéndose en privilegios para unos y obstáculos para otros. 

La visión individualista ignora esas circunstancias y asume que cada persona en el territorio tiene el mismo acceso a oportunidades para salir de su condición de pobreza. Reforzando el axioma de que la pobreza o la riqueza serán únicamente el resultado del esfuerzo, empeño o riesgo individual. 

El contexto importa. La historia importa. Las relaciones de poder importan, ergo, la estructura importa para explicar las causas de la pobreza.


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Author: Maria Suarez