En 1927 Ortega y Gasset escribió una serie de artículos periodísticos, que se convirtieron en el famoso libro que lleva el título de esta colaboración. ¿De dónde salieron esas masas que tanto disgustaban a Ortega? Para encontrar su génesis, probablemente hay que trasladarse hasta la Revolución Industrial y sus consecuencias sociales en los siglos XIX y XX. La máquina de vapor produjo la fábrica y esta la producción masiva de bienes y hombres. Sin duda el “fordismo” es el verdadero padre de las masas.
La pandemia del COVID-19 trastocó la sociedad mundial. Muchos países implantaron medidas de distanciamiento social, para controlar la transmisión del virus, con la consecuencia de que un gran número de trabajadores, utilizando las tecnologías cibernéticas de la comunicación y el control, siguieron trabajando a distancia. Las oficinas y las fábricas automatizadas de los países desarrollados prácticamente se vaciaron. Hoy, dos años y medio después, las gerencias tratan de retomar el control del tiempo y la vida de sus empleados y estos se resisten masivamente. En Nueva York, por ejemplo, el treinta y cinco por ciento de los espacios de oficinas siguen desocupados. Los oficinistas no quieren regresar y ceder de nuevo el control de sus vidas a sus empleadores. Estamos viviendo una verdadera rebelión política de los individuos que Ortega despreciaba y a quienes calificaba de hombres-masa.
El “fordismo” está agonizando en el mundo. Las nuevas tecnologías y formas de producción de bienes revolucionan necesariamente las formas en que los individuos nos relacionamos. Sin embargo, parecería que los cambios en “lo político” siempre vienen detrás. Recordemos que David Easton, en su libro El sistema político, define la política como la “distribución autoritaria de los valores”; por lo que es claro que las relaciones dentro de las instituciones administrativas, sean públicas o privadas, son esencialmente políticas. Así, son los gerentes las autoridades que ahora intentan recobrar sus posiciones, frente a la oposición abierta de sus subordinados, oficinistas y trabajadores, que se resisten. ¿Cómo se resolverá este conflicto “político” intrainstitucional, que está afectando a la mayoría de las instituciones del planeta?
Hace 233 años, en 1789, el pueblo llano y las élites francesas iniciaron un movimiento político que cambiaría la forma de “hacer política” en el mundo. El pueblo se hacía con la autoridad y la soberanía, expresando que toda autoridad dimana del “Pueblo”. La democracia sería la expresión práctica de esa revolución. ¿Será hoy la democracia el mecanismo político eficaz para resolver la rebelión de los individuos, que ya no quieren regresar a sus puestos de trabajo? La posibilidad real del “trabajo a distancia” e incluso el aún más radical “fin del trabajo” que plantea Jeremy Rifkin están a la vista. “Estamos entrando en una nueva era de mercados regionales, nacionales o locales y la producción automatizada. El camino hacia una economía casi sin trabajadores está en el horizonte. Que ese camino conduzca a un refugio seguro o a un abismo terrible dependerá de cuán bien se prepare la civilización para lo que viene. El fin del trabajo podría significar una sentencia de muerte para la civilización tal como la conocemos, pero también podría señalar el comienzo de una gran transformación social y un renacimiento del espíritu humano. El futuro está en nuestras manos”. Si Ortega viviera todavía, ¿cómo evaluaría él a nuestra civilización y a nuestros congéneres actuales? Empero, lo importante no es la opinión orteguiana, sino nuestras propias conductas y la evaluación del futuro que logremos construir juntos.