China, ¿un gobierno de técnicos o de políticos?

Analizar para entender. El vigésimo congreso del Partido Comunista Chino (PCC) terminó hace una semana, con el nombramiento de Xi Jinping como secretario general para un tercer quinquenio. En los próximos meses asumirá también los cargos de presidente de la República y de la Comisión Central de las fuerzas armadas nacionales. Así se convierte en el hombre más poderoso del país asiático; un cuasiemperador.

Entender para actuar. El profesor de la Universidad de Harvard Yuhua Wang publicó este año El ascenso y caída de la China imperial: los orígenes sociales del desarrollo del Estado, un interesante libro en el que analiza la configuración de las élites y sus relaciones con el gobernante imperial, así como la fortaleza o debilidad del Estado frente a la sociedad en los dos mil últimos años. Si bien su análisis se centra en las condiciones de la China imperial, hasta su caída en 1911, sus conclusiones parecen ofrecer atisbos de los acontecimientos recientes en la China actual, pero quizás también de ciertos aspectos en cuanto al desarrollo político de nuestros Estados mesoamericanos actuales. 

Actuar para construir. El historiador y sinólogo alemán estadounidense Karl Wittfogel, conocido por su obra El despotismo oriental: un estudio comparativo del poder total, publicada por primera vez en 1957, parte del análisis marxista de los Estados burocrático-hidráulicos de China e India, resultados del “modo de producción asiático”. Wittfogel hizo un análisis del despotismo oriental, enfatizando el papel de las obras de irrigación, las estructuras burocráticas necesarias para mantenerlas y el impacto de estas sobre la sociedad. Wittfogel utilizó el término “imperio hidráulico” para describir el sistema. Muchas sociedades, principalmente en Asia, dependían en gran medida de la construcción de obras de riego a gran escala. Para hacerlo, el Estado debió organizar el trabajo forzoso de las poblaciones con una administración centralizada. La necesidad de tales sistemas hacía inevitable el despotismo burocrático. Esa estructura estaba en una posición única para aplastar a la sociedad civil y a cualquier otra fuerza capaz de movilizarse contra el Estado. Tales Estados serían inevitablemente despóticos, poderosos, estables y ricos. Wittfogel creía que la hipótesis hidráulica se aplicaba también a Rusia bajo la Unión Soviética, pero asimismo era aplicable a las sociedades prehispánicas en Mesoamérica y a sus vástagos estatales hispano-indios. 

Por su parte, Joel Andreas publicó, en 2009, El ascenso de los ingenieros rojos, la Revolución Cultural y los orígenes de la nueva clase china, una clase resultado de la amalgama de las antiguas élites culturales y académicas premaoístas con la élite revolucionaria campesina, que llevó al poder a los comunistas en 1949. Entre 1966 y 1968, el presidente Mao Zedong lanzó la Revolución Cultural, para enfrentar a las élites que hasta ese momento compartían los escalones más altos de la sociedad china. Así, en el proyecto de Mao, la educación fue uno de los objetivos a revolucionar. Sin embargo, Tsinghua, la principal universidad de la élite cultural y académica china, que durante catorce años fue dirigida por Jiang Nanxiang y el Comité Político Revolucionario, logró construir durante ese álgido periodo una coalición moderada de fuerzas, que le permitió seguir funcionando e ir llenando, con ingenieros y tecnócratas, los principales nichos del gobierno. Xi Jinping parece ser así la culminación de un gobierno que ha buscado balancear, con gran éxito, durante setenta y tres años, el poder despótico del Estado entre los técnicos y los políticos. 


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Author: Maria Suarez