Clara Nimatuj Ajquí (1935-2022)

¿Cómo se despide a un amor verdadero, cuando esos amores son tan pocos en la vida? Se despiden con alegría, con dolor, con baile o acaso con la fútil ilusión de que en un futuro nuestros caminos podrían volver a cruzarse. 

Ahora despido al amor que fue clave en la formación de mi vida durante nueve meses, al amor que celebró mis primeros pasos, que arropó mi cuerpo y que, sobre todo, conforme fui creciendo fue impregnando mi vida de un elemento importante: dignidad. Esa dignidad que necesité para caminar en medio de espacios sociales externos que nos excluían por ser mujeres o por nuestro origen indio. 

Hoy nuestras familias se separan físicamente del más grande amor que nos unió, nuestra madre, la señora Clara Nimatuj Ajquí, esa sencilla mujer que impregnó en nuestras vidas disciplina, valores y sobre todo sentido de sensibilidad frente a nuestro entorno, hoy decimos adiós a nuestra amada guerrera, a la abuela, bisabuela, hermana, tía, prima, comadre, vecina y amiga, quien en este día viernes 21 de octubre, que también es el día Job’ Imox, venimos a devolver sus restos a la tierra para que se convierta en semilla de bellota que colocada en tierra sagrada florezca en sabiduría, fuerza y memoria para sus hijas, nietas y para las generaciones venideras de mujeres valientes que seguirán transformando la tierra que hoy pisamos.

Doña Clarita nació un 18 de agosto de 1935 en el cantón América de la ciudad de Quetzaltenango, fue hija de don Víctor Nimatuj, agricultor y aj’quij, y de la señora Catarina Ajquí Cojulum, curandera, huesera y vendedora de melcocha. Y nieta de la señora Cleotilde Cojulum, una exitosa comerciante de pom, candelas e inciensos, y de don Agustín Ajquí, uno de los 52 principales k’iche’, quienes enfrentaron la destrucción de su alcaldía indígena ante el avasallamiento del gobierno central en 1895. 

De niña trabajó con su tía la señora Juana Ajquí y con sus tíos Francisca Ajquí y Pedro Chávez, reconocidos empresarios k’iche’. Con todas ellas y ellos, ella aprendió las reglas y vicisitudes del comercio a pequeña y mediana escala. Eso la llevó a independizarse siendo aún una adolescente, cuando inició su propio negocio con el aporte económico de su tío Teodoro Ajquí, un industrial quien llegó a descollar a nivel nacional y a quien ella siempre agradeció el impulso. Iniciada en el comercio el único límite que doña Clara tuvo fue su imaginación, fue ampliando su negocio primero en el Mercado Central, posteriormente en el Mercado La Democracia y finalmente en el Mercado de la Terminal, para retornar al Mercado La Democracia en donde trabajo hasta retirarse. Su determinación, su capacidad de alianzas con familias productoras, su conocimiento y su linaje comercial la llevaron a convertirse en una hábil mujer, quien a sus 40 años había pasado también a invertir en bienes y raíces. Uno de los éxitos de doña Clara fue saber enfrentar con sabiduría y serenidad las vicisitudes de la vida, especialmente cuando el Mercado Central de Quetzaltenango se quemó el 2 de diciembre de 1966, el Mercado La Democracia el 29 de diciembre de 1980 y posteriormente el Mercado de la Terminal en donde ella perdió todas sus inversiones. A pesar de eso, siempre sacó lecciones y estuvo dispuesta a empezar de cero con profunda tenacidad, creyendo en sus habilidades y sin temor a los retos.

Otra característica de doña Clara es que nació en una familia amplia de abuelas, abuelos, tíos, tías, primas y primos que ella supo cultivar. Ella amó profundamente a cada uno de los miembros de su familia y lo demostró respaldándolos en los momentos de felicidad o en los momentos de tristeza. Siempre estuvo al lado de sus seres amados con su presencia, con su trabajo y su servicio. También supo entablar relaciones de equidad con las familias que le proveían productos, así como con los trabajadores, a quienes hasta el último momento ella demandó que se les respetara y se les asumiera como miembros de una amplia familia. Ella explicaba que, sin ellos, ningún negocio, ninguna empresa o ninguna familia podía prosperar. 

Uno de sus sueños fue viajar y lo logró. Conoció Cuba y se sorprendió de que no existieran niños sin saber leer o escribir como los miles que existía en nuestros pueblos y comunidades, pero le dolió observar el impacto del bloqueo económico. Ella no comprendía cómo los países más ricos impedían que formas distintas de pensar bloquearan los procesos normales de intercambio, le parecía que iba en contra de las corrientes naturales de intercambio. Viajó a Europa y a los Estados Unidos, y sobre este último país, aunque le sorprendió la tecnología nunca se dejó deslumbrar y su recomendación era que debía distinguirse lo trivial de lo relevante. En sus últimos años volvió a recorrer tierra santa y no podía entender cómo en tan pocos años la vida de la población palestina se había deteriorado.

En términos ideológicos, ella explicaba en un lenguaje simple que el comunismo no era el sistema de vida en el que los pueblos indígenas pudieran prosperar y, además, reconocía que el capitalismo descarriado exprimía a los seres humanos y a la madre tierra. Su propuesta, con sus propias contradicciones, se basaba en mantener un leve equilibrio entre seres vivos y consumo, y aunque reconocía que no había reglas, si planteaba que una sola persona no debía guardar en un día lo que podía alimentar a cientos de personas. Expresaba que esos comportamientos solo provocaban resentimiento.

Otra de las características de doña Clara fue su capacidad para enfrentar sus problemas de salud, a pesar de la dureza de sus enfermedades o sus dependencias y nunca se dio por vencida logrando encontrar alternativas, aun recurriendo a medios que en algún momento le hubieran parecido contrarios a sus ideales. 

Mucho podría escribirse de doña Clara, pero toca decirle adiós físicamente a esa amada madre, hoy continuamos sus hijas con raíces fuertes, hoy quedan sus nietas y nietos abriendo y solidificando sus propios caminos y sus bisnietos empezando a dar los primeros pasos. Hoy agradecemos al nawal Job’ Imox porque la recibe para que sus huesos se confundan con los de sus padres, a quienes ella tanto llamó en sus últimos tiempos.

Gracias, amada madre, porque comprendió mi vida y me respaldó, a veces con su silencio, hoy sé que la estrella que siempre me alumbraba ahora ha decidido caminar hacia el infinito, mientras yo siento que caigo en un torbellino de emociones que me arrastran al fondo del océano. En medio de todo, queremos darle las gracias porque los pasos que usted dio nos permitieron a sus hijas avanzar mucho más de lo que usted un día imaginó. Y en medio de esta separación física agradecemos a todas las personas y profesionales que a lo largo de estos años estuvieron a su lado, cuidándola, acompañándola y dándole lo único que usted necesitaba, un poco de nuestro tiempo. 


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Author: Maria Suarez