La primera ministra británica, Liz (Mary Elizabeth) Truss, debió renunciar tan solo 45 días después de haber recibido el encargo de formar un gobierno del partido conservador. Las políticas económicas propuestas fueron radicalmente rechazadas por los mercados. Un gobierno de tan corta duración no se había visto en el Reino Unido desde el gobierno de George Canning hace 195 años, quien falleció a los 119 días de su mandato. Parecería que esto es uno más de los signos de los tiempos que vivimos.
El Reino Unido está convulsionado. Hace seis años decidió abandonar la Unión Europea —el llamado Brexit— pensando que los beneficios serían mayores a los costos. Los resultados no han sido los esperados. La inflación de los precios supera el 10 por ciento anual. Cuatro primeros ministros han transitado y ya se está en espera del quinto. Y no es solo la Gran Bretaña. Europa entera está en pie de una guerra delegada en Ucrania entre dos de las tres potencias hegemónicas. La Unión Europea que colectivamente representa la economía más grande del planeta se encuentra en peligro inminente de resultar disminuida por los aumentos en el precio de la energía disponible, consecuencia esto de las sanciones impuestas a Rusia, la gran exportadora de gas y petróleo a la Unión Europea.
El aumento generalizado de precios —la llamada inflación— afecta a los habitantes de casi todos los países. El rompimiento de las cadenas productivas y de transporte por la pandemia y los apoyos monetarios ofrecidos por muchos gobiernos a sus ciudadanos fomentaron el crecimiento extraordinario de las compras de bienes de consumo duradero con el consiguiente aumento de los precios. Asimismo, en China la política implementada de “cero contagios” ha significado la parálisis productiva de múltiples industrias en múltiples ocasiones y efectivamente menos bienes manufacturados disponibles en el mercado mundial perseguidos por una crecida cantidad de dinero. Quizá debamos recordar la frase de Paul Samuelson en su libro de economía: “Incluso de un loro se puede hacer un economista con solo enseñarle dos palabras: oferta y demanda”.
El orden político y económico internacional vigente hasta hace pocos años fue construido al terminar la Segunda Guerra Mundial en 1945 y se basaba en la existencia de unos cuantos Estados suficientemente poderosos para asegurar la vigencia más o menos pacífica del “estado de legalidad” interestatal. El colapso soviético en 1991 transformó radicalmente el esquema vigente. Los Estados Unidos sin su contraparte político e ideológico tomaron conciencia del enorme costo que en realidad pagaban para que fueran otros países los que se beneficiaran mayormente. Así creció la idea de “Estados Unidos primero”. Cada uno debía enfrentarse al mundo por sí solo. Si a este coctel le agregamos el colapso demográfico que Europa, Rusia y China enfrentan en el futuro cercano, es posible entender que estamos viviendo el fin de la época de la globalización y el resurgimiento de los nacionalismos.
La pandemia, la migración de millones de refugiados desplazados, las guerras en diferentes partes del mundo, incluida la de Ucrania, así como el complejísimo y prácticamente autónomo sistema financiero internacional, están demostrando los peligrosos frutos de la excesiva porosidad de las fronteras nacionales, la que habrá de evaluarse frente a los indudables beneficios económicos que resultaron de la globalización. Mientras tanto tales parecen ser los signos de los tiempos actuales.
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