La música de los días del Brasil (1984-1989) (VII parte)

Finalmente, salimos de Belo Horizonte con destino a la megalópolis de Sao Paulo, sin ver jugar al Cruzeiro de Eduardo Goncalvez de Andrade, Tostao (Centavito), como era apodado el gran centro delantero de la inolvidable selección brasileira de fútbol, campeona del mundial de México 1970. Para aquellos días, hice algo impensado, leer a los clásicos guatemaltecos como Miguel Ángel Asturias en portugués, de quien estaban traducidos sus libros O senhor presidente y Weekend na Guatemala, y de un joven escritor de entonces, ganador del Premio Casa de las Américas, Itzamná, a casa das lagartijas, de Arturo Arias, que conoceríamos años después en Antigua Guatemala. Un erudito brasileiro fue miembro del tribunal calificador que premió dicha obra: Antonio Candido. Y naturalmente, leí los del boom latinoamericano como Gabriel García Márquez, y su O amor nos tempos do Cólera, que causaba furor por aquellos días. La tapa del libro era amarilla como el color de la bandera que fuera instalada en el mástil principal del navío en cuarentena. El amor hasta cuando los tiempos se declaren vencidos. He de confesar que muchos años después leí en portugués Memoria de minhas putas tristes, que me gustó más que leerla en castellano. En las vecindades de la Iglesia y Plaza da Consolacao quedaba el cine club Oscarito y el Teatro da Cultura Artística, que serían nuestros referentes culturales. En el Oscarito exhibían películas de todo el mundo, con permanencia voluntaria. Se pagaban diez dólares y las funciones comenzaban de ocho de la noche a ocho de la mañana del día siguiente. Solo fines de semana. Especial para estudiantes gafos. Allí dormíamos para esperar el bus del domingo, para retornar a casa. Allí vi películas que en Guatemala jamás vería por aquellos años. El arquitecto Roberto Escobar Sarti tuvo a bien llevarme a escuchar grupos de músicos que interpretaban chorinhos, esa música deliciosa que endulza los oídos. Roberto había conocido a Chico Buarque de Holanda en los pasillos y plaza de la facultad de arquitectura cuando ambos eran estudiantes universitarios. A Chico lo había escuchado por medio de un famoso disco, que fue cantado en castellano, cuya portada tenía un pan francés, de los franceses del Brasil, que para que sepan se parecen más a los pirujos. Desde entonces, escuchamos esa música revolucionaria que llevó por nombre Construcción y ¿Que será, qué será?, que después sería cantada junto a Milton Nascimento, que llevaría dos letras distintas, una de Chico y la otra A flor da pele. Esa pregunta todavía obsesiona en su indagatoria: ¿Qué será, qué será? Después conoceríamos músicas emblemáticas del cantautor carioca como A Rita y Vai passar en tiempos en que la dictadura militar se derrumbaba. En aquellos felices y añorados años, escuché a grandes guitarristas como mi compañero de estudios Mario Ribeiro, de Belem do Para, que tenía gran escuela y que para comenzar tocaba a Heitor Villalobos. Mario estudiaba la Maestría en Teoría Económica y era novio de Leopoldina, quien vivía con Celzina María Pereira, nuestras compañeras de estudios en la Maestría. Además de otra guatemalteca, Ana Vilma Pocasangre, que cursaba en una generación anterior a la nuestra. Con los amigos y las amigas brasileiros aprendimos a bailar un poco de samba, en las comparsas del carnaval o bien en los sambones, que eran lugares en donde se bailaba y había rodas de samba. María José Varjao era nuestra amiga y maestra para estos fines. Todavía no llegaba la famosa lambada, que empezó a ser furor en la segunda década de los ochenta, por lo menos en Sao Paulo y Río de Janeiro. Era un baile muy sensual que se bailaba bien pegadito a la pareja. Escuche A Rita, de Chico Buarque, en YouTube.


En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico de Guatemala o la de su línea editorial.

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez