El bien común. Quimera que en estos campos navega en barco de papel en corriente de agua de lluvia, su destino: el infinito manto de los mares. En este país no hay puerto ciudadano para la quimera. Se diluye. Hemos hecho de todo para detenerla. No pocas veces, el asunto se ha dirimido por la vía de las armas. Con marchas campesinas, revueltas de trabajadores, pueblo maya. Incidencia política… Y nada. Como nada tiene en contra nuestra la lluvia, que arrastra la esperanza. Al contrario, un privilegio de la naturaleza. Socorrido en esta tierra. Siempre llegó a regar nuestros campos y con pertinaz recordatorio: este país padece autodestrucción inducida y la sociedad pasa ahora por momentáneo letargo.
Los responsables locales de la debacle son sobradamente conocidos. Tienen en común hacerse llamar honorables. Algunos visten leva y otros tacuche cachimbiro. Los primeros miran a los segundos con desprecio… pero los necesitan. Alguien tiene que controlar el feudo. Elaborar las “políticas” y aplicarlas. El resultado, un Estado desgarbado, sin democracia económica: sumido en la desigualdad, atraso y pobreza. Sin democracia social: la mitad de la población sobrevive en laderas, cerros y barrancos. Sin educación, salud ni recreación. Se tumban los bosques como ropa desecha. Toda la costa sur y el norte ahora son “bosques de caña y palma aceitera”. En el oriente madereros —con licencia de INAB— lo depredan. Es decir, sin democracia ambiental. La población en la miseria hace lo propio. Somos resilientes. Es el eufemismo. Un verdadero desastre creado por familias “honorables”. ¿Y la sociedad?, campesinos, pueblos indígenas, mujeres, obreros, siempre en lucha. Han tenido como estrategia para superar aquellos males: la toma del poder político. Imprescindible entonces: democracia política. Hay que anotar que los honorables lo saben, y por ello durante siglos se han apropiado de la ruta democrática. Las mujeres sin voto, analfabetas tampoco, fraude electoral, secuestro y asesinato. Pese a ello y con periodos de aletargamiento la luminosidad popular no se detiene. Esta vez de nuevo a las urnas. Al régimen, aquello no le agrada, y emulando “gobiernos autoritarios” de la región bananera, hace toda clase de malabares para cerrar la puerta a la “peligrosa” democracia política.
Estoy de acuerdo en no anclarnos en el pesimismo. Ello requiere voz alta y esfuerzo. Alianza democrática. Evitar la depredación entre fuerzas democráticas. No canibalismo político. Al contrario: aliento, respeto fraterno y una mirada más allá de los intereses específicos. Es momento de abrir “el paraguas”. La tormenta se cierne sobre la raquítica democracia y no se llama precisamente “Julia”.
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