El ciclo escolar universitario en nuestros días comenzaba el lunes posterior al Carnaval, a veces en marzo o abril, para el primer semestre, en las postrimerías del verano, y terminaba a finales de junio. El mes de julio, ya en pleno invierno, era de vacaciones y el segundo semestre comenzaba en agosto para terminar el 15 de diciembre. Estando en Río de Janeiro, y en pleno verano, es imposible dejar de ir a las playas. Cuando me quedaba en Copacabana, la playa quedaba a dos cuadras. No pocas veces emprendíamos viaje hasta Ipanema, en donde previamente desayunábamos o almorzábamos en el Barril 2000, bar y restaurante —que estaba en plena Avenida Atlántica—. Comer era delicioso a la vera del mar, leyendo los periódicos del día y no solamente para ver muchas garotas pasar, con sus famosas tangas y con las novedades del verano, que traían la moda de tatuarse en sus partes íntimas. Empezaron a surgir también los trajes de baño diminutos para los hombres, las llamadas sungas, para el deleite de las patojas. Otras veces nos íbamos al Amarelinho, una especie de El Portalito carioca y a la vuelta quedaba un restaurante portugués, de comidas finas y deliciosas. Vagabundeando en Ipanema, no era mala idea comer frango ao passarinho en el famoso restaurante y bar Garota de Ipanema, en donde la música de Vinicius de Moraes (Eu sei que vou te amar) y Antonio Carlos Jobim (Corcovado y Aguas de marzo) estaba instalada. También por aquellos años leía para relajarme de mis estudios de Economía, en las vacaciones de junio y de fin de año, a los poetas, novelistas y escritores del Brasil y a pocos portugueses. Recuerdo con alegría mis lecturas de Jorge Amado, especialmente Mar muerto (Mar morto), la poesía de Vinicius de Moraes, O anjo das pernas tortas, escrito en homenaje a Mané Garrincha, de Carlos Drummond de Andrade, Ferreira Gular, del portugués Joao Pessoa. Regresando a la música de los días del Brasil, nos tocó vivir una generación espléndida. Además de los clásicos del bossa nova, oíamos a Gilberto Gil, a Chico Buarque de Holanda, a Milton Nascimento, a Moraes Moreira, a Caetano Velloso, a Gonzaguinha, a Edu Lobo y Joao Bosco, entre otros. Las mujeres eran representadas por las grandes cantantes como Elis Regina —que ya era fallecida—, Beth Carvalho, Dona Ivonne Lara, María Bethania, Gal Costa, Fafá de Belem y Simone, entre otras. Estarían todos y todas ellas en sus años cuarenta, toda vez que por estos días, la mayoría, por lo menos de los artistas hombres, cumplen ochenta años. La mayoría de aquellos grandes artistas eran bahianos como Gil, Caetano, Moraes Moreira, Maria Bethania, Gal y Simone. Me empezó la inquietud de conocer Salvador de Bahía, tierra de mis queridos amigos Caimán y Heleni Dantas Duarte. En las vacaciones de junio de 1984, emprendimos viaje junto a Mario Alfonso González Lacs y Gilda Patricia Guirola Andreu de Gonzales, en bus de Sao Paulo a Sao Salvador, en un periplo de 36 horas. Llegamos rendidos y hoy pienso que esas aventuras solo las puede hacer la gente demasiado joven y aventurera, como el scout Mario Alfonso que lideraba la expedición, con una austeridad casi de señor esclavista. Conocimos el centro histórico de Sao Salvador, O Pelourinho, la isla de Itaparica, rondándola en bicicleta, la playa y la tarde de Itapoa —de la canción homónima de Vinicius de Moraes—, en donde una legión de gitanas nos leían las manos y nos pronosticaban el destino —O que será, o amanha?, que cantaba Simone—. En esa playa, al final de la tarde tomamos unas caipirinhas y unos espetos (pinchos) de camarón. Fuimos hasta la iglesia del Señor de Bomfim y disfrutamos de la comida y la música bahiana.
Escuche Tarde em Itapoan: https://www.bossabynova.com/freesong.
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