¿Fue un golpista el coronel Francisco Javier Arana? Para algunos es una acusación en firme y para otros un intento de justificación. Para unos pondría los puntos sobre las íes a una figura histórica. Esta, a su juicio, habría sido injustamente canonizada y bañada de pureza por los opositores a la revolución. Para otros, sería un intento por excusar su asesinato. Para tratar “por encimita” la muerte de Arana, queja del historiador derechista Ramiro Ordóñez. Se trata de una incógnita histórica de gran significación nacional. Por tanto, estimado lector, considero de gran utilidad traer a colación testimonios y relatos de actores neutrales o incluso afines a la figura de Arana poco conocidos por el gran público. Ello, poniendo a contraluz la tesis del “golpe”.
“No olvide cuánto le costó convencerme a aceptar esta situación (la elección de Arévalo) lo cual nunca deseé porque supe que sería entregarle la revolución y los beneficios que nosotros los militares hemos logrado a los civiles”. Carta de Arana dirigida al ninguneado triunviro, Jorge Toriello, fechada el 26 de abril de 1947. Se publicó en El Imparcial, evidentemente para disgusto del coronel. No es para menos, ponía de manifiesto el desdén del ejecutor material del 20 de octubre (otra verdad incómoda) hacia un poder civil, según él, indigno de sí mismo. El ímpetu por alcanzar la presidencia de Arana se haría aún más evidente con el llamado “pacto del barranco”. Temiendo un golpe en un momento de debilidad de Arévalo, los tres partidos de la revolución (PAR, RN y FLP) ofrecieron apoyar la candidatura de Arana en las sucesivas elecciones de 1950. La tregua con el jefe de las fuerzas armadas duró poco. En las elecciones legislativas de mitad de mandato de 1948 decidió, en contra de consensos preestablecidos con los partidos, impulsar de manera personalista sus propias candidaturas. Además, con recursos públicos. Esto no solo fue un rotundo fracaso, sino que provocó una airada queja del Congreso. Además de distanciarlo de los partidos, este gesto tampoco cayó demasiado bien a sus compañeros de armas. “En terrenos militares, la promoción no se oponía a que el coronel Arana fuere candidato presidencial, sino a que utilizara con fines electorales al Ejército. Tanto a niveles políticos como militares se señalaba que la propaganda política abierta y pública del jefe de las Fuerzas Armadas lo colocaba al margen de la Constitución”, explica Villagrán Kramer.
Con un escenario reconfigurado la tesis de una candidatura “civilista” ganaba peso incluso dentro del más conservador de los partidos de la revolución, el FLP. Además, las presiones de los sectores más reaccionarios y conservadores del país, en “alerta roja” desde la aprobación del Código del Trabajo, se intensificaban. Cablegrama de la embajada estadounidense: “El coronel Arana se impacienta con el actual gobierno y está buscando una excusa razonable para un golpe de estado. Aunque desea sinceramente preservar el gobierno constitucional, y espera llegar a la Presidencia con las urnas, hay que admitir que todo apunta a que tiene antipatía por el gobierno y ambiciones personales”. Aunado a esto, Paco se veía en la obligación de asegurarse un sucesor favorable en el Consejo de Defensa, intentando tumbar la secretividad del voto.
Estaba decidido a dar el golpe. Sin embargo, una súplica de último minuto del coronel Paz Tejada, de reputación intachable, de “no ser otro Ubico” pareció hacerle titubear y creerse capaz de forzar una imposición al gobierno. “Nos quitaste el viento de las velas, ya lo habíamos convencido de dar el golpe”, le confesaría años después a Tejada el principal asesor de Arana, Barrios Peña. Arana exigió a Arévalo la renuncia del gabinete completo y el destierro de Árbenz del Ejército. El ultimátum expiraría a las 10 de la noche del lunes 18 de julio (día de elecciones al CSD). Se marchó triunfante. “Arévalo”, señala Barrios Peña, “engañó voluntariamente a Arana”. Seguro de sí, Arana incluso aceptó la secretividad del voto. “Ya no les importa, van a dar el golpe”, dijo Árbenz a Paz Tejada. Un día después, en circunstancias aún opacas, Arana era abatido en el Puente de la Gloria. Resulta evidente que hay algo de verdad en la tesis golpista. Ello, sin ánimo de justificar una actuación, cuánto menos cuestionable, del gobierno del día de su muerte. A la fecha, sin respaldo documental.
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