María Rosa Pablos de Burgaleta (Mamay) nació en España en 1928. Pero durante los últimos 71 años dejó la seguridad de su hogar para venir a “conquistar América” a base de entrega y un inmenso amor indiscriminado. Yo tuve la bendición de conocerla y le debo tanto que no la olvidaré jamás, como estoy seguro pasará con propios y extraños que hayan sido tocados por su enorme bondad. Los últimos años se convirtió en mi “musa” literaria porque cada semana me comentaba sobre esta columna y me llamaba la atención cuando no la escribía. Precisamente por ella y otras maravillosas personas que me honran con su opinión es que siempre pienso que las ideas y el diálogo son más importantes que los pleitos y reclamos.
Su fallecimiento me hizo recordar una verdad simple que pareciera que se nos olvida en este mundo tan acelerado, y es que ninguno podemos alcanzar NADA sin que haya existido una mujer valiente que nos regale la vida. Pero aparte también existen mujeres como Mamay que aparte del regalo de la vida nos dan tanto más, apoyo, consejo, cariño, que solo lo realizamos cuando ya no lo tenemos. María Rosa fue una mujer que siempre supo darle a la familia la importancia absoluta que se necesita para mantenerla unida pese a la distancia y las diferencias que surgen en cualquier lado. Su esposo, Alejandro, fue también un gran hombre que se hacía notar por su caballerosidad y generosidad, pero estoy totalmente seguro de que mucho de su éxito se debió a que logró convencerla de emprender la aventura del matrimonio y ella fue esa fuerza oculta que lo hizo brillar.
Mamay era tan generosa que todas las noches rezaba por tantas personas, propias y ajenas no importando que la petición fuera muy sencilla, ya que ella decía que si ya estaba pidiendo pues nada sobraba. Espero que a los que la sobrevivimos nos sirva este ejemplo, que, aunque parezca exclusivo de la fe, nos demuestra que dar algo a los demás es sencillo cuando se quiere. Nunca podré dejar de agradecerle que se haya embarcado, literalmente, a América, puesto que hizo posible que hoy tenga lo más importante, mi familia.
Al final decidió partir a la vida eterna quince días después de su esposo, para darle la oportunidad de que él la recibiera como ella lo hizo todos los días de su vida, con amor y certeza de que el mañana será mejor. Nos hará mucha falta porque nos acostumbró a su presencia, pero su recuerdo nos servirá para intentar imitarla.
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