En apariencia, quien dispone de papeles en regla y carece de acta de defunción, se encuentra en buena condición cívica. Pero eso no siempre basta; los viejos se someten al más extraño trámite de nuestra burocracia: demostrar que siguen vivos.
Recientemente, un amigo que ha rebasado los 80 tuvo que presentar su Prueba de Vida. Poca gente se mantiene más activa que él, pero de nada sirve que sus colegas lo sepan; lo decisivo es que lo sepa el “sistema”.
¿Cómo demostrar que su identidad y sus cheques no han sido usurpados por otra persona? Ni las constancias médicas ni sus publicaciones sirven para avalar que todavía es el mismo. Solo las máquinas pueden declararlo en forma: lo decisivo no es la historia clínica, sino la salud digital. Si el “sistema” te da de baja, moriste en vida.
Fernando Rodríguez Miaja llegó a los 103 años sin dejar de tener actividad económica. Era el decano del exilio español en México resultado de la Guerra Civil; había sido ayuda de campo de su tío, el general Miaja, defensor desafortunado de Madrid durante la República. En México Rodríguez Miaja se desempeñó exitosamente como ingeniero, y benefició con su afecto y su agudeza a las muchas personas que lo conocieron. A los 103 años se acordaba de todo, pero minimizaba esta habilidad diciendo: “La memoria es la inteligencia de los tontos”. Cualquiera que sea capaz de rebasar los cien años en esas condiciones merece un premio, pero… ¡explíquenselo a las máquinas diabólicas! Cada vez que don Fernando entraba a una plataforma de la SAT u otro sitio temible, encontraba un rubro que decía “edad” y que solo admitía dos dígitos. Ser centenario era un motivo de exclusión.
La tecnología se ha convertido en la más tolerada forma de la discriminación. Y es así que, gracias a la modernidad, los instrumentos no dependen de los burócratas —ya de por sí complicados e intolerantes, lo cual es problema grave—, sino los burócratas dependen de los instrumentos, lo que se ha tornado problema letal.
Ejemplo de ello es lo acontecido en México a la madre de un conocido —situación que nos arriesgamos ver en Guatemala pronto—, recordando que todo se pega excepto la hermosura.
Así me lo relató mi amigo:
Mi madre pertenece a la franja previsora de la humanidad que llega a cualquier oficina pública con más documentos de los necesarios. Puede localizar sin apuros una remota fe de bautizo. Sin embargo, para actualizar sus datos, los papeles no bastan; debía contar con una aplicación en su celular. Que el banco exija que lleves un aparato debería ser tan absurdo como que un restaurante exigiera a los comensales llevar su propio microondas.
Pero el banco aún pide algo más: exige clientes con huellas digitales. No toma en cuenta que, con los años, algunas personas pierden las líneas dactilares. Es el caso de mi madre. Pensé que nos salvaríamos porque soy cofirmante de la cuenta, pero la ejecutiva que nos atendió se asomó al “sistema” y descubrió que la firma que registré hace cuarenta años ya no se parece a la que hago ahora. No pudo señalar la discrepancia porque tiene prohibido mostrar las firmas y me invitó a realizar un prodigio nemotécnico: “Acuérdese de cómo firmaba… hay un detallito en la J”.
Para existir debes estar digitalmente actualizado. ¿Pero quién actualiza la vejez? La madre de mi amigo no recuperará sus huellas digitales y él no recordará un garabato de hace cuarenta años. Absurdo, pero así es.
Cosas veredes, Sancho…
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