Como mencionaba en mi columna anterior, sería muy fácil descartar el giro liberal que la política exterior de los EE. UU. tomó durante la segunda administración del presidente George W. Bush (2005-2009), que luego, con las dos administraciones de Barack Obama (2009-2017), se expandió para priorizar temas de carácter social, ambiental y que en el plano de construcción de naciones (nation-building) el concepto de fortalecimiento del Estado pasó, de la teoría a la práctica, a un rol más de transformación del Estado. Esto ha sido muy claro en el caso de Guatemala, primero con la prioridad con la que el Departamento de Estado encaró el tema de la CICIG, y después con los programas como el Plan Alianza para el Progreso del Triángulo Norte (PAPTN), y en la actualidad la estrategia Biden/ Harris para enfrentar “las causas raíces de la migración irregular”. Para todos es claro que las cosas no han funcionado y siguen sin hacerlo.
De esta cuenta el Departamento de Estado necesita urgentemente cambiar su estrategia a la región y enfocar, como históricamente lo ha hecho, y exitosamente, su política exterior bajo un paradigma más ajustado al realismo político. Primero, como decía Einstein, no puedes resolver los problemas actuales con el mismo tipo de pensamiento que tenías cuando los creaste. Segundo, el mundo está experimentando cambios que parecen no tener marcha atrás, y como lo he dicho en varias ocasiones, el sistema liberal internacional está prácticamente en coma inducido.
La respuesta pasa por la obra de clásicos como Hans Morgenthau, cuyo séptimo principio del realismo político dice: “Los realistas se oponen a que haya Naciones-Estado que busquen cambiar la ideología o cultura de otras naciones. El objetivo es alinear los intereses de otras Naciones-Estado a los propios”. Este es un punto en donde la política exterior de EE. UU. y de otras potencias europeas ha fallado estrepitosamente por querer transformar en vez de fortalecer. Desde hace 20 años varios autores contemporáneos (consultar a Robert Kaplan, John Mearshimer y Stephen Walt, por mencionar a algunos) nos han advertido sobre los riesgos del dominio de la visión liberal en la política exterior de los Estados, así como de la política internacional promovida por organismos internacionales. Los efectos negativos de estas los hemos venido experimentando poco a poco, sin tomar decisiones atrevidas pero necesarias (una de las razones por las que ya no hay líderes en Occidente), y hoy estamos en un punto de quiebre.
Los nuevos retos del siglo XXI en el Triángulo Norte como el grito de soberanía de los actuales líderes requieren tomar medidas prácticas que busquen solucionar problemas y no aplazarlos. La agenda de EE. UU. en la región debe tener prioridades claras y definidas por todos y no impuestas unilateralmente, de lo contrario terminaremos por romper una relación histórica y estratégica por la arrogancia de las partes.
@robertoantoniow
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