I
En el corto, cortísimo plazo enfrentamos un primer desafío, que pone en riesgo nuestra existencia como civilización. La guerra noratlántica que hoy se libra en la gran planicie europea, “las tierras fronterizas” del Estado ucraniano: una guerra aún limitada, pero que puede crecer e involucrar directamente a más de mil millones de individuos en tres continentes. La Alianza Atlántica, con el claro “dominio de los mares”, se enfrenta a una Federación Rusa que posee el “corazón de la isla del mundo”, y ambas luchan por la hegemonía planetaria. Las dos visiones geopolíticas, una de Alfred Mahan y otra de Halford Mackinder, surgidas “a caballo” entre los siglos XIX y XX, vuelven a estar en el centro de la paz y de la guerra en nuestro siglo. Bajo estas concepciones geopolíticas, no es posible la existencia simultánea de dos hegemones. Alguno tiene que ceder.
II
Quizás acercándose a un paso más lento, pero probablemente no menos destructivo de la civilización, tal como la conocemos, es el binomio inflación-deflación que nos acecha. La economía, como ejercicio colectivo de vida, se entronizó gradualmente, desplazando al ejercicio político. Así, hoy el dilema es qué hacer con el proceso inflacionario que afecta a las principales economías. La pandemia del COVID-19 provocó que los gobiernos inyectaran grandes cantidades de dinero para suavizar los efectos económicos del distanciamiento social. Del mismo modo, la pandemia rompió muchas de las cadenas productivas nacionales e internacionales. Esto, aunado a la guerra en Ucrania, ha generado un aumento general y sostenido de precios —la temida inflación— en casi todos los países. Para combatirla, los bancos centrales están elevando las tasas de interés. Sin embargo, la sincronía con que se elevan las tasas en los grandes países puede llevar a una deflación mundial que afectaría a miles de millones de personas. Si la inflación es peligrosa y destructiva, posiblemente la deflación sea peor. Habrá que reconocer que el manejo de la economía es materia política y no solamente técnica. ¿Cómo valorar ambas situaciones?: ¿inflación o deflación? ¿Quiénes se benefician realmente de uno y otro proceso? ¿Quiénes deben finalmente decidir el curso a seguir? Parecería que la economía es demasiado importante para dejarla solo en manos de los economistas.
III
Nuestra civilización globalizada e industrial, cuyos orígenes se remontan a los siglos XVI y XVIII, una civilización sostenida por un proceso constante de producción y consumos crecientes se enfrenta ya a los límites que imponen los recursos y los drenajes de un planeta finito. Sin embargo, no son solo los “límites del crecimiento” o el cambio climático antropogénico que nos amenaza, sino también el colapso demográfico que parece inevitable y que nos sitúa entre Escila y Caribdis.
En los años sesenta del siglo pasado el crecimiento de la población parecía ser el gran problema al que la humanidad se enfrentaría. Los esposos Anne y Paul Ehrlich publicaron en 1968 La bomba de la población, con terribles predicciones. China estableció pronto su política de un solo niño por familia, y el Club de Roma le encargó a un grupo de científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), los esposos Meadows y su equipo, elaborar un estudio sobre las consecuencias de no respetar los límites que la finitud de la Tierra nos impone. El resultado fue publicado en 1972, con el título Los límites del crecimiento.
Hoy, afortunadamente los riesgos existenciales que enfrenta nuestra civilización vuelven a estar en la mesa de discusión. Solo mediante nuestras decisiones bien informadas podremos quizás resolver satisfactoriamente los retos que se avecinan.
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico de Guatemala o la de su línea editorial.