Anarquía

El sábado por la mañana me encontraba en la hermosa ciudad de Antigua Guatemala, en donde pernocté para salir hacia la costa sur a primera hora del día. La casa en la que pasé la noche cuenta con una cochera que, con suerte, tiene libres tres pulgadas de cada lado; estacionamiento complicado, pero práctico y seguro. Seguro porque dejar el carro toda la noche en las calles de Antigua es entregarlo a la merced de una gran cantidad de “cuidacarros”, que poco o nada hacen en contra del vandalismo que predomina en la ciudad. Práctico, pues el vehículo está disponible en cualquier momento sin tener que acudir a uno de los escasos estacionamientos que existen para quienes vistan la Antigua. El portón de la casa tiene tres rótulos con el aviso: “Sale carro”. Además, la banqueta está claramente pintada de rojo, lo que debiese advertir a cualquiera que estacionar en ese sitio es prohibido. Adyacente a esta “salida de carro” se encuentra un área marcada con pintura blanca en la banqueta, que otorga la exclusividad de estacionamiento a los motoristas. Alrededor de la diez de la mañana, unos minutos antes de salir, me percaté de que no podría sacar el carro porque había dos motos estacionadas frente al portón de la casa, en plena línea roja y frente a los rótulos de “Sale carro”. 

Esta situación, sin duda, es frecuente en esta ciudad por lo que en esta oportunidad no escribo esta nota para hablar precisamente del hecho, sino del porqué suceden cosas como esta en nuestro país. Mi primera reacción fue de ira, que contuve y decidí abocarme a la policía municipal. A unas cuadras de la casa, me topé con un agente que vende los membretes de estacionamiento quien me indicó que nada podía hacer, pero que se comunicaría por radio con la Policía Municipal de Tránsito, encargada de las multas, los cepos y las grúas. El agente fue servicial y profesional. Juntos caminamos de regreso y comprobamos que las motos continuaban en el lugar. 

Un poco después, llegó otro oficial motorizado, se estacionó detrás de las motos y coordinó con sus colegas que llegaran cuanto antes los agentes de tránsito. En ese instante llegó el dueño de una de las motos; desbordado de cinismo y en tono soberbio, preguntó: “¿Cuál es el problema?”. Empezó a mover la moto para arrancarla e irse, ignorando lo que tanto los agentes como yo le reclamábamos. Dijo: “Tanta chingadera por un ratito que uno se ponga acá y ustedes, mejor deberían estar agarrando alcaldes borrachos, a esos no tienen los huevos de chingar”. Cuando estaba a punto de marcharse, le quité la llave a la moto, lo que no le permitió seguir su marcha. Le di la llave al oficial, consciente de que a mí no me correspondía lo que acababa de hacer, pero con la certeza de que, de no hacerlo, el tipo se habría salido con la suya. 

En segundos estábamos rodeados por vendedores ambulantes, quienes, dicho sea de paso, se han convertido en una plaga para tan bella ciudad. Todos ellos conocían al motorista y, sin indagar, se pusieron de su lado, atacaron verbalmente a los agentes e insinuaron que lo que le hacían a su amigo era una violación de sus derechos. Dialogar fue imposible y cada minuto que pasaba el número de vendedores ambulantes aumentaba. Para estos las leyes de tránsito no existen y la autoridad de los agentes, mucho menos. El trato hacia mí fue una especie de resentimiento, manifiesto en sus comentarios: “Nosotros también tenemos derechos, no solo porque somos pobres nos pueden tratar así, no porque no andamos en carro somos menos, ustedes qué se creen para tratarnos así”, entre otros que nada tenían que ver con el hecho de que los señores de las motos habían violado la ley. Contra los agentes hubo una descarga de insultos acompañados de burlas por su gestión, recordándoles que cuando se trata de “gente de pisto” o alcaldes borrachos se ponen a su servicio. Todo terminó con una remisión de Q100 que el señor de la moto agarró, hizo una bolita y lanzó a los pies de los agentes no sin antes decir: “Tanta mierda por cien pesos”. 

En ese momento vi la impotencia de los agentes y la mía; vinieron a mi mente las escenas que mencionó el motorista acerca del alcoholizado alcalde de Jocotenango. Solo puedo concluir que vivimos en un círculo vicioso de anarquía, en el que se carece de solvencia y fomenta que predomine una actitud en la que, si la ley no aplica para otro, tampoco para mí. Somos una sociedad sin ley, en donde la justicia jamás existirá. Esto es altamente peligroso pues la impunidad de unos se convierte en el catalizador de la anarquía, una que ni las autoridades pueden controlar.


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Author: Maria Suarez