Y se fue

En 1998 recibí un llamado del presidente de este medio contándome la urgencia de fondos que requería para evitar la intervención bancaria inminente. Tomé cartas en el asunto, que quedó resuelto habiéndome ganado el derecho vitalicio a publicar una columna semanal. Y fue así que nació El Loro Parlanchín, que se tornó años más tarde en El Rincón de Casandra, que hoy rinde su espada después de un millar de artículos publicados.

PARA: Jose Rubén Zamora

FAX: 3329761

Estimado Chepe: Adjunto artículo para ser publicado el sábado 3 según lo conversado. Saludos. JS.

18 de junio

Waterloo, 1815. De todas las batallas que dio Napoleón, es sin duda la más célebre. Y fue la que perdió. Un desastre repentino, total, un colapso estrepitoso. Reconstituyendo esa batalla, muchos historiadores, y Napoleón mismo, han querido demostrar que debía haber sido mil veces ganada, y han dado razones para ello. Sin embargo, la realidad queda ahí y esta derrota no fue únicamente la de un hombre, sino que ello significó para los franceses de esa generación el final de un sueño frente a una Europa hostil.

Todo había empezado con las guerras de la Revolución veintitrés años antes. Y Francia había volado de victoria en victoria motivada por los conceptos idealizados surgidos de la Revolución de 1789. Las primeras batallas fueron ganadas por generales de la República, algunos de ellos improvisados, pero talentosos, que lograron liberar el territorio nacional empujando las tropas austríacas fuera de las fronteras de Francia. Ese inesperado éxito le permitió, al principio de la guerra, a un ejército francés poco experimentado, pero con gran pasión y entusiasmo, ganar las primeras batallas que le dieron un sentimiento de invencibilidad. Este concepto triunfalista se reafirmó con las victorias épicas de Bonaparte, hasta que llegó el duro despertar de la desastrosa campaña de Rusia de 1812. Las campanas de Moscú a miles de leguas de París, sonaron el principio del fin de la primera epopeya napoleónica, que terminaría dos años más tarde con la abdicación del Emperador y los acuerdos de Fontainebleau de 1814.

Aburrido y triste en su pequeña isla de Elba, donde fuera relegado por los aliados, Napoleón piensa en evadirse y regresar a Francia. También le falta el dinero, puesto que los ingleses no han cumplido con el acuerdo financiero. Por otra parte, en el Congreso de Viena, reunido para reestructurar Europa después del recién terminado conflicto, hablan de trasladar al Emperador de Elba a algún lugar alejado de Francia. 

También le llegan informes del descontento de los franceses con el restaurado Rey Luis XVIII. Comunicados, quizás tendenciosos, pero que resumen lo que él desea oír. Su contemporáneo Chateaubriand, que no lo quería pero que entendió la inquietud de Napoleón, declaró después de Waterloo: “¿Acaso se podía admitir que Napoleón aceptara por mucho tiempo ser el soberano de un sembradío de verduras? Claro que no”. Tenía que buscar horizontes a la medida de su talento. Y así fue. Napoleón evadió la guardia inglesa, sale de Elba y llega a las costas francesas con algunos compañeros de armas. De ahí a París nadie lo para. El águila imperial voló de campanario en campanario acompañado por el fervor popular hasta las Tullerías que habían sido precipitadamente abandonadas por el Rey Borbón y su corte. La epopeya de los Cien Días estaba en curso y debía terminarse inexorablemente en la llanura de Waterloo.

Fue otro 18 de junio que un militar delgado, alto, impávido y con voz ronca, frente a un micrófono de la BBC de Londres, lanzó su llamado a la unidad de los franceses y a continuar la lucha en contra del invasor alemán. Se llamaba Charles De Gaulle, corría el año 1940 y se iniciaba la Segunda Guerra Mundial. ¡Estas serían otras batallas y diferentes canciones!

Y de aquí a la eternidad…


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Author: Maria Suarez