La corrupción elevada a política de Estado en las últimas dos administraciones de gobierno nos deja cada fin de año un amargo sabor y frustración
En las décadas setenta y ochenta en la política mexicana ante el galopante flagelo de la corrupción se empezó a acuñar la frase año de Hidalgo, “chinga su madre el que deje algo”, haciendo alusión al último año de un gobierno dominado por el saqueó y la voraz corrupción. En Guatemala llevamos tres años de Hidalgo y como la realidad siempre supera a la imaginación, ahora que se aproxima el último año del periodo actual de gobierno nos aproximamos a lo que en México posteriormente se llamó, el año de Carranza porque “el de Hidalgo ya no alcanza”.
La corrupción elevada a política de Estado en las últimas dos administraciones de gobierno nos deja cada fin de año un amargo sabor y frustración de estar echando por la borda valioso tiempo y recursos que en su lugar deberían estar siendo invertidos en el desarrollo del país y la mejora de la calidad de vida de sus habitantes.
Los años de teórica bonanza económica como el anterior y el actual con niveles de crecimiento superiores al promedio de la región, no son perceptibles para la mayoría de la población que no goza ni de mejores servicios públicos ni de más ni mejores empleos, pese a las magníficas cifras macroeconómicas.
La mejora de la recaudación fiscal muy meritoria se ve neutralizada por el despilfarro y mala calidad de gasto público y descaradamente se asignan más millonarios recursos a los rubros de gasto donde la corrupción hace de las suyas.
Sin prácticamente instituciones independientes de control, fiscalización, investigación y sanción el país lo convirtieron un santuario de impunidad para que gobiernen a sus anchas los corruptos y el crimen organizado.
Vivir en las tinieblas de la impunidad y la corrupción no es un modelo sostenible para el crecimiento económico y el desarrollo de un país. Aunque las élites guatemaltecas a eso apuestan lo más seguro es que su apego a ese modelo pase facturas muy caras y costosas en el corto plazo. De hecho ya se viene pagando con la expulsión forzada de millones de guatemaltecos que buscan mejores oportunidades en el norte alcanzando ya los 4 millones y gracias a las remesas que envían el modelo actual no termina de colapsar.
Por eso el cierre de un año más de Hidalgo deja más sin sabores que resultados que celebrar. Siendo el que viene un año electoral, se abra una pequeña oportunidad para renovar el liderazgo del país evitando continuar en la senda de las tiemblas que sembraron el pacto de corruptos y sus aliados.
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