Las sanguijuelas del pasado

Y es que, entre otras muchas cosas, el fascismo y la extrema derecha significaban y significan un desinterés profundo por la cultura y por la reflexión crítica.

El pasado forja emociones, hábitos, creencias, miedos y comportamientos que, para llegar a instalarse cual ventosas en los recovecos de nuestra mente, necesitan por lo menos veinticinco años, lo que significa que en cuarenta años, que es  el tiempo que Franco dirigió la vida de España, dichas ventosas horadaron como sanguijuelas la piel de los españoles a tal punto que, diez lustros después de la muerte del dictador, en lugar de desintegrarse (tanto el dictador como las sanguijuelas), resulta que están revitalizadas y siguen chupándoles la sangre a los ciudadanos, provocando ventiscas malolientas.

Dije el otro día que una de las cosas que más me chocaron en mi reencuentro actual con España fue el constatar la pervivencia de un fascismo cada vez más abierto y desvergonzado en el único país del mundo occidental que, después de la segunda guerra mundial, siguió ostentando sin amonestaciones ni sanciones de parte de las grandes potencias aliadas, un régimen abiertamente fascista (mientras que Italia y Alemania habían sido vencidas). Un país en el que, a pesar de la transición hacia la democracia operada en 1978, un sector neurálgico de las instituciones del Estado siguió estando cooptado por directores y por personal simpatizante del franquismo: el ejército, la policía y el sistema judicial, ni más, ni menos.

Cuando digo que el fascismo perdura abduciéndoles la mente a buena parte de ciudadanos, esto quiere decir que hasta en los hijos de los que lucharon contra Franco, la penetración de la ideología fascista se realizó con éxito al cabo de los años. En 1975, viviendo yo en Francia, hice una visita a los primos de España y me decepcionó el poco o nulo desarrollo cultural y curiosidad de la mayoría de ellos, incapaces de hablar –tampoco sus padres lo hacían- de ciertos temas por miedo a la represión. De allí que la única motivación que mis primos manifestaban ante la vida era la de conseguir lo más pronto posible un empleo en algún banco, enganchar un piso y casarse, porque eso de andar haciendo estudios o de aspirar a otro tipo de incentivos o proyectos, ni se les ocurría.

Y es que, entre otras muchas cosas, el fascismo y la extrema derecha significaban y significan un desinterés profundo por la cultura y por la reflexión crítica, así como por el arte y por la ciencia, que se hacen sospechosas (sobre todo las ciencias sociales). Un miedo por la diversidad y la diferencia, así como un culto a la tradición conservadora y al irracionalismo (en particular, al irracionalismo religioso). Y por sobre todas las cosas, una prevalencia del machismo, de la homofobia, del racismo y del clasismo, características estas que perviven todavía profundamente en la sociedad española. Y bueno, seguiremos hablando de este tema la semana que viene.







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Raúl de la Horra

Psicólogo clínico guatemalteco especializado en psicología social. Escritor y profesor universitario con experiencia en Francia, Alemania y Colombia. Actualmente radica en España.

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Author: Maria Suarez