Hay manotazos entre maestros de la literatura como el que le dio Vargas Llosa a García Márquez, o el que le propinó Octavio Paz a Bioy Casares por estar flirteando con sus esposas. También hay manotazos políticos contra buenos literatos como el que le dio Fidel a Pablo Neruda en 1966: el líder cubano obligó a firmar a variedad de intelectuales de la región una carta dirigida a la Academia sueca para que no le diera el Premio Nobel. Y la firmaron figuras de la talla de Alejo Carpentier bajo la presión adicional de Haydée Santamaría, porque el Partido Comunista chileno no apoyó la lucha del Che en Bolivia. Neruda, alto dirigente comunista, fue el objetivo del enojo de Castro, según me contó Edwards. Carpentier firmó la carta, so pena de ser destituido de su cargo de Agregado Cultural de Cuba en la embajada cubana en París. Así, Neruda no recibió el Nobel ese año. Miguel Ángel Asturias no firmó tal carta como creen algunos intelectuales chilenos porque siempre respaldó a Neruda, su hermano “chompipe”. En 1970 Fidel lanzó otro puñetazo, esta vez contra otro chileno: Edwards, diplomático a cargo de la embajada de Chile en Cuba, enviado por Salvador Allende: su delito fue decir la verdad sobre lo que pasaba en la isla en torno a la violación de derechos humanos que sufrían algunos escritores críticos, y eso lo plasmó en su famoso libro Persona non grata, un puñetazo del chileno contra Fidel por aquella carta indigna. Tal testimonio le acarreó a Jorge el cierre de editoriales y de amigos por varios años porque “o se estaba con la revolución o no”. Fue algo duro pero soportó dignamente los desplantes con firmeza ya que creía como Cicerón que su conciencia “tiene más peso que la opinión de todo el mundo”. Octavio Paz dijo que “ese testimonio honesto hizo notar que algo había ido irrevocablemente mal en la Revolución cubana. En un tiempo cuando la mayoría de los intelectuales, desde Sartre hasta Susan Sontag, todavía estaban embelesados con el carisma de Castro, él simplemente dijo la verdad. Nunca es demasiado tarde para la verdad, especialmente cuando se la dice con la inteligencia y el ingenio de Edwards”. Fue proscrita la obra por la izquierda y la derecha. Con el paso de los años aquel rechazo se convirtió en aceptación entre sus otrora detractores pues comenzaron a darle la razón sobre las arbitrariedades de Fidel con los disidentes poco antes del desplome de la URSS. Luego, las editoriales editaron sus novelas.
Edwards se exilió en Barcelona tras el golpe militar de Pinochet en 1973 y volvió a su tierra en los noventa. Tras su muerte hace dos semanas el presidente chileno Gabriel Boric dio las condolencias a los familiares y lo calificó como “testigo atento de su época, asegurando que la vida cultural del país lo extrañará”.
Recuerdo que el joven Edwards partió en 1970 a La Habana para abrir la embajada con Cuba luego que Salvador Allende asumió la presidencia y fue testigo del denominado caso Padilla, nombre que recibió la difícil situación del poeta Heberto Padilla, quien tras publicar en 1968 el poemario Fuera del juego, con severas críticas al régimen, fue torturado, encarcelado y obligado a retractarse en una declaración pública dirigida a la Unión de Escritores y Artistas Cubanos. Ya que Edwards le había dado su apoyo, Castro lo expulsó como persona non grata.
Adiós poeta me gusta porque son las memorias de él sobre Neruda, donde serpentea la anécdota y la amistad. Neruda obtuvo el Premio Nobel en 1971 estando de embajador en París y la Academia sueca se olvidó de aquella vieja carta. De vuelta a su tierra, murió Neruda. Conocí a Edwards en Chile en el año dos mil y nos volvimos a encontrar en Uruguay años después: en casa calibró el borrador de mi novela La montaña infinita con gusto. Venía de ganar el Premio Iberoamericano de Narrativa Planeta-Casamérica 2008 por La casa de Dostoievsky, retrato crítico de su generación de escritores, bohemios que soñaban escribir su gran obra, pero allí se quedaban. Furiosos, lo tildaron de “persona non grata” al muy grato, pero siempre polémico Edwards, porque les dijo la verdad aunque en esa obra no dejó bien parado a nadie de izquierda y derecha. Ahora descansa en paz.